Hay veces en que uno se acerca a la hemeroteca esperando encontrar cuánto hemos cambiado y, sin embargo, lo que encuentra se parece más a un espejo de nuestro mundo actual.
Sirva de ejemplo cómo narraba la prensa sevillana el transcurso del Domingo de Ramos de 1926.
Como tantísimas veces desde entonces, las crónicas comenzaban mirando al cielo:
Desde la noche anterior empezó el agua a refrescar las sillas. Llovía a mares
El amanecer no trajo alivio. Un cielo encapotado, viento de agua y esa sensación tan conocida de un día poco propicio para cofradías:
El viento era de agua, que es ruina en este tiempo para tanto infeliz como se busca la vida en los días de la Semana Mayor
Y, cómo no, el comentario con guasa:
Tienen la culpa los que cantan saetas… ¡cada día hay más y lo hacen peor!
Ni siquiera eso ha cambiado del todo.
A pesar del tiempo, Sevilla era un hervidero de gente. La crónica describe una ciudad abarrotada:
Los trenes llegaron atestados de viajeros de todos los sitios de España
Hoteles, fondas y casas de huéspedes colgaban el cartel de “No hay hospedaje”. Las calles estaban animadas, aunque con un matiz muy reconocible ya por entonces: los visitantes se quejaban del frío y de esa primavera que no era la que les habían vendido.

Durante el día, el tiempo jugó a engañar: lloviznas intermitentes, claros fugaces… Y las hermandades, prácticamente igual que hoy en día, reunidas en cabildos de urgencia para tomar la decisión más difícil: ¿salimos o no salimos? Una especie de “Palermasso” de hace un siglo.
La Hermandad de San Juan de la Palma decidió no salir. Y no era para menos: aquel año estrenaban el palio diseñado por Juan Manuel Rodríguez Ojeda, descrito en la prensa como una “verdadera obra de arte”. Y no quisieron arriesgarlo:
Imperó el criterio de quedarse en casa
La prudencia, además, venía avalada por la memoria: treinta años antes, el viento había provocado el tristemente recordado incendio del palio de la Amargura a su paso por la plaza de San Francisco. Aquella noche, con las velas rizadas y el aire soplando, salir era una temeridad.
Visto lo que ocurrió después, está claro que fue una decisión acertada.
¡A la calle! Las que se atrevieron
Pero no todas pensaron igual. En otras hermandades, la respuesta fue distinta.
San Roque fue de las primeras en lanzarse. La cofradía de la Puerta Osario desafió al tiempo, inaugurando la jornada con decisión, con la Banda de trompetas de Artillería al frente.
La Sagrada Cena salió poco después desde la iglesia de Omnium Sanctorum, a cuyo misterio acompañaba la Banda de la Unión Obrera. El paso de la Virgen del Subterráneo iba presidido por Rafael Zambruno, dueño del histórico horno de pan de la calle Feria. Así era la mezcla de devoción y presencia social en aquella época.
De San Jacinto salió la Estrella, que cruzó el puente de Triana con una hora de retraso, pero con más lucimiento que en años anteriores, según la crónica. Abría marcha la banda de cornetas de la Guardia Civil.

La Hiniesta, acompañada por la Banda de Soria, estrenaba palio y manto aún sin bordar. A las ocho y media estaba en la Plaza del Duque, con toda la candelería apagada a causa del fuerte viento.
Y aun así, siguieron adelante.
En la parroquia del Salvador, la Hermandad del Amor vivió una jornada especialmente significativa.
Dos personalidades internacionales —el arquitecto argentino Martín Noel y el diplomático cubano José María Chacón y Calvo— fueron recibidos como hermanos. Vestidos de nazareno, presidieron el paso como un honor destacado.

Un detalle que llama especialmente la atención es el recogido por el Noticiero Sevillano:
Detrás del paso del Cristo del Amor iban numerosas señoras con velas, una penitente con túnica de nazareno y dos penitentes con sendas cruces
¿Una nazarena pionera?…
El primer paso de la Hermandad, el de la Borriquita —que por entonces aún procesionaba antecediendo al Cristo del Amor— sufrió un pequeño percance en la calle Placentines, al desembocar en la de Francos: la palmera tropezó con uno de los balcones y se vino abajo, cayendo sobre un candelero, del cual rompió una tulipa. Solo un pequeño susto.
La noche se rompe: “¡Agua va!”
Sobre las diez de la noche, la Plaza de San Francisco ya estaba medio desierta. Un fuerte viento huracanado invitaba a marcharse, y las cofradías apretaban el paso para recogerse.
Y entonces, pasada la medianoche, ocurrió lo inevitable:
Se abrieron las cataratas del cielo, cayendo un verdadero diluvio con acompañamiento de relámpagos y truenos
Una escena de hace un siglo pero que a todos nos resulta familiar. Nada nuevo bajo el sol.
La Hermandad de la Hiniesta andaba a esa hora por Bustos Tavera y…
Los hermanos aguantaron a pie firme el agua, poniéndose como una sopa. Los «pasos» fueron resguardados con telas impermeables, que para nada servían, pues el agua caía en una cantidad considerable. ¡Daba lástima ver los dos «pasos» cuando llegaron a la iglesia!
Terminaba su crónica el periodista con un poco de guasa mezclada con resignación:
Esto ha sido lo más saliente del Domingo de Ramos. Y como el que en ese día «no estrena, no tiene manos», nosotros estrenamos una mojadura que acabará en gripe
Una queja… de hace un siglo
Para concluir, y a modo de posdata, una queja:
Algunos cofrades, amantes de la tradición, se quejaban ayer de que los nazarenos de determinadas cofradías se sentasen en plena calle Sierpes, así como de que los músicos fumasen en los momentos de descanso
Y uno no puede evitar sonreír.
Un siglo después…
Cambia el contexto, cambian los nombres, cambian los detalles… pero el alma de Sevilla aun es la misma.
Leyendo estas crónicas de 1926, la sensación es inevitable:
No ha cambiado tanto la cosa en un siglo… o quizá no ha cambiado nada en lo esencial.
Nota:
Las crónicas que se citan son las correspondientes al 29 y 30 de marzo de 1926 aparecidas en El Liberal, El Noticiero Sevillano y El Correo de Andalucía.
Las fotos que se incluyen aparecieron en El Noticiero Sevillano y están atribuidas a Serrano.